Una noche mas

Se desprendían pedazos de cielo sin razón coherente ni existencial, fuera de la comprensión humana se posaban cual ceniza arrastrada por los vientos tormentosos ante las puntas de mis pies descalzos, revoloteando en remolinos acordes a la desesperación mental construida por los peores arquitectos que puede albergar mi humilde cabeza. Era una lluvia incesante y espléndida a los ojos humanos poco habituados a la oscuridad. En busca de la esperanza perdida en el pasado construyendo una figura etérea y esperanzadora que me sacara de la locura. Ante mí, un único camino, el correcto. Me hablaste con dulzura y con claridad posando sobre mágicas palabras de anhelo y lujuria, acunándome sobre tu regazo verbal y acariciando mi cuerpo con tu mirada casi espiritual. Enseguida me convertí en esclavo de tu pasión y amante de mi cautiverio, hubiera sido una temeridad deshacerme de las ataduras a las que me aferraste con pura seda metálica, ya era demasiado tarde para dar la vuelta y correr en sentido contrario a cualquier movimiento tuyo, ya no. Envenenándome a pequeños transcursos de tiempo,  mi vista cada instante  era más nublada y más confusa, mis pensamientos aunque pareciera extraño se iban agrupando y segregando euforia. No tenía capacidad de reacción, insuficientes eran mis esfuerzos por mantener los ojos abiertos y buscar un aliado en la oscuridad, demasiado tarde ya, intente rozar mi piel pero era una imaginación bastante real, cayendo a grandes zancadas en un abismo cada vez más hondo me iba dando cuenta, lo estaba, muerto.

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Parte 1.

Despertó, pero a los ojos de la oscuridad seguía dormido.

Sucumbido en una desesperación absoluta, una locura transitoria recorría su cabeza a una velocidad endiablada, dejando tras de si sufrimiento y lamento por doquier. El mero hecho de alejarse de  la sombra ya era un sacrificio para el que no había nacido. Envuelto y difuminado en un mar rojo espeso que cubrían sus manos hasta las profundidades de las uñas,  asió con ímpetu un mechón de cabello, tiro con fuerza hacia si para después relamerse los labios al contacto con su boca, profunda, sedosa, húmeda. Aquel placer ya valía un ínfimo pedazo de libertad, tan cara como el beso recién robado. Siguió la ruta marcada con una mirada, no su mirada, si no la del pecado reencarnado  se alzaba ante el como una diosa despampanante llena de jubilo y picardía, pillería y maldad, una altura próxima a la suya hacia mas fácil el juego. La cara alargada terminando en una barbilla casi perfecta, y digo casi porque no hay perfección alguna que exista. Sus ojos irradiaban demasiada luz para la oscuridad que contenían, frágiles, pero grandes, atrayentes, pero desconfiados, una nariz por donde las lagrimas deberían caer con gracia y facilidad, pero eso no era para ella. La boca, que voy ha decir de esa maravilla esculpida por los dioses antes de convertirse en eso mismo, mentiras. Llena de fuego liquido, pasión y regocijo adornada con unos  labios que  a su vez eran compuestos por pequeños surcos donde poder jugar cual niño travieso,  deseoso de explorar sin miedo a ser mordido y devorado. Unas orejas que sobresalían lo escaso de entre la melena oscura camuflada por la poca luz que había en ese cuarto, deslumbrantes, sin más, hechas para oír. La unión entre su cuerpo y aquel rostro esculpido  era un cuello bello hecho para besar y recorrer oliendo el perfume que emanaba de su piel. Los pechos de pura porcelana luminiscente, grandes pero sin alimentar el hambre de ansia. El ombligo era el principio del fin, era el prólogo de la locura, un encantamiento como nunca jamás se había visto dormitaba dentro, una vez cruzaras esta frontera ya no había vuelta atrás, tu mundo cambiaba.

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