Amanecer en la oscuridad

Amanecí en la oscuridad, envuelto por un manto de estrellas rodeado por el abismo del final. Mis pies descalzos sentían a la perfección la tierra húmeda por el rocío de una mañana mejor, un tiempo pasado en el que las gotas de lluvia se deslizaban sin pena ni gloria por mi rostro rejuvenecido por la luz del sol, donde mi cuerpo recargado de vitalidad y energía sentía las sensaciones que ahora añoro. Mi corazón latía al compás de la vida convirtiendo el sonido en una danza hipnótica con la que los transeúntes anodadaos se impregnaban de felicidad. Pero todo cambio, ahora es el sonido del desgarro lo que se aferra a mi, la desesperación por un futuro incierto es lo que hace que me esconda debajo de la sabana y tema a la luz de la mañana, que mis dedos se contraigan cerrando los puños con rabia, atónitoo a la realidad de esta vida que poco a poco se va consumiendo como el fuego en el agua, como una capsula efervescente  a la que le quedan pocos segundos de vida antes de apagarse de nuevo.

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Era una noche cálida con muchas horas por delante para disfrutar los minutos siguientes, el bullicio de la gente a mí alrededor era ensordecedor, desconocidos se cruzaban en la oscuridad, las palabras brotaban con la misma facilidad de una flor silvestre.
El alcohol ingerido se desplazaba amigablemente poco a poco por mí garganta, el sabor dulce se quedaba escasos instantes en mí paladar para así disfrutar del elixir venenoso.

La incomodidad de la compañía tan placentera en el pasado se iba diluyendo poco a poco a cada trago, a cada mirada cruzada con una nueva estrella que lucía en el firmamento.

La espontaneidad de mí persona, unido a un temor venido a menos hacía más fácil el contacto verbal. Allí sentado, en la arena empezó todo, era el principio de una história con un final escrito, pero todavía faltan capítulos que escribir, lágrimas que derramar, risas que presentar, sentimientos que aflorar.
Solamente fueron unas horas las que pude contemplar con mis ojos aquel astro nuevo, la luz de la luna reflejada en sus ojos te hipnotizaba, la calidez de sus palabras te abrazaban, el sonido de su risa te contiagaba. En esas horas en las que pude apreciar su compañía me sentía un privilegiado, me costaba apartar la vista y concentrarme en el resto de la gente. Si me hubiera dado un solo minuto para contemplarla el resto de la noche nos hubiera sobrado para saber que la historia había que acabarla. Ahora, pasado el tiempo, la luz de aquella estrella se hace más luminosa con el paso de los días, tengo otra oportunidad, una y posiblemente la última para escribir la historia y continuarla.